Nombre del autor:Samuel Burbano Alegrías

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Así Suena el Progreso

La tarde siguiente nos llevó hacia el costado más ruidoso de la finca. El aire olía a polvo, ese polvo fino que dejan los granos al romperse y que se queda flotando como una niebla dorada. El piso era de cemento y sobre él reposaban tres máquinas robustas: una roja, una naranja y una negra. Tenían cuerpo de acero, pintura gastada, pero seguían firmes, el tiempo no había logrado domarlas. Nos sentamos un rato en el borde del espacio mientras Lylian y Ricardo nos contaba que eran trilladoras de maíz, arroz y café, traídas desde China. No eran máquinas exclusivas de Tosoly: otras fincas vecinas acudían allí para usarlas. “Esto no se guarda, esto se comparte”, nos dijo. En esa frase había toda una filosofía: la tecnología no como lujo, sino como herramienta común. El polvo seguía en el aire cuando los campesinos llegaron con varios bultos de arroz. Bastó verlos acomodar las bolsas para entender que lo que venía era trabajo de verdad. Lylian se apartó un poco, los motores se encendieron y el ambiente cambió de golpe. https://youtu.be/VCkiS86hNzI El primer rugido nos obligó a hablarnos al oído. La trilladora se estremecía, viva, poderosa. En segundos el aire se llenó de un zumbido metálico que hacía vibrar el pecho. Una de las máquinas tragaba los granos enteros y los devolvía transformados. Era hipnótico. El polvo se levantaba en remolinos y el sonido golpeaba como una respiración mecánica. Nunca había visto una maquinaria así. Me sorprendía su precisión: el grano entraba entero y salía limpio, brillante, completamente separado de la cáscara. Los campesinos la alimentaban sin pausa; parecían conocer su ritmo como se conoce el pulso de un animal. Nada en ese proceso era improvisado. Lylian aprovechó para explicarnos lo esencial. Una trilladora, dijo, es una máquina diseñada para separar el grano del resto de la planta (la paja o la cáscara) mediante golpes y fricción. El cultivo se introduce por la entrada o cabezal, pasa a una cámara donde un cilindro giratorio golpea las espigas contra un cóncavo fijo y desprende el grano. Luego, una serie de sacudidores y cribas filtra el resultado: los granos limpios caen a un depósito y los residuos se expulsan por otro extremo. Mientras hablaba, la escena misma ilustraba sus palabras. Vi cómo el arroz, al pasar por la máquina, cambiaba de tono: del marrón del cascarón al blanco pulido que todos reconocemos. El contraste era tan inmediato que arrancó exclamaciones de sorpresa. El maíz, en cambio, desaparecía en la tolva con una velocidad que parecía magia: la mazorca entraba entera y salía en segundos convertida en granos sueltos. No era solo una demostración técnica; era una lección de eficiencia y colaboración. En esa finca, las máquinas no eran piezas de museo ni amenazas para el trabajo humano. Eran aliadas. Lylian nos contó que la finca presta estas trilladoras a otras comunidades de la vereda y de municipios vecinos. Campesinos llegan con sus cultivos, trituran y se llevan de vuelta el grano listo para vender o almacenar. Es una red de cooperación que amplifica la productividad local y refuerza el tejido comunitario. Mientras las máquinas seguían girando, pensé en la vieja idea de que la tecnología amenaza al campo, como si el ruido del motor desplazara el silencio de la tierra. Lo que veía allí desmentía esa narrativa. La armonía era evidente: la máquina multiplicaba la fuerza humana sin desplazarla, y la comunidad encontraba en ella un medio para ganar autonomía alimentaria. https://youtu.be/t1Bt_4ALRuQ No lo mencionaron en la charla, pero resultaba claro que esa tecnología fortalecía la soberanía rural. Los campesinos de Tosoly no esperaban ayudas externas ni dependían de grandes intermediarios: tenían la capacidad de procesar su propio alimento. Ese simple acto (trillar, limpiar, separar) significaba también decidir sobre su producción y su futuro.   El ruido fue disminuyendo hasta quedar solo un murmullo. Las máquinas se detuvieron, y en el aire quedó suspendido el olor del grano recién procesado. Polvo, metal caliente y una brisa suave que empezaba a correr entre los árboles. Me quedé mirando las montañas de cáscaras a un lado y los granos limpios al otro: dos mitades del mismo proceso, dos rostros de una misma tierra. Entendí entonces que el progreso en el campo no siempre suena a motores nuevos ni a fábricas resplandecientes. A veces suena como una trilladora usada que sigue funcionando gracias al cuidado colectivo, y que recuerda que la ciencia y la vida rural pueden hablar el mismo idioma cuando se escuchan sin prejuicio. Y mientras el último polvo caía sobre el suelo, pensé que aquel sonido áspero, constante y metálico, era también el eco de una promesa: que el futuro del campo puede ser moderno sin dejar de ser humano.

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Ese Fuego no Solo Quema

El tercer día amaneció con el cansancio amable de quien ya se ha acostumbrado al campo. Nuestros cuerpos respondían al ritmo de la finca: al frío que mordía por las noches, a la dieta verde de frutas y hojas, al trabajo de caminar de un cultivo a otro con la piel llena de sol.Habíamos salido esa mañana hacia otra vereda, donde el cacao era el protagonista. Allí vimos su ciclo completo: la semilla, la fermentación, el secado, la molienda, la magia de convertir una vaina rugosa en una barra de chocolate. Pero esa historia (la del cacao y la mujer que lo convierte en barras de chocolate) tendrá su propio espacio en nuestras otras plataformas. Cuando regresamos a Tosoly, pasadas las dos de la tarde, el aire olía a comida recién servida. Almorzamos todos juntos: el grupo, los dueños de la finca del cacao y los anfitriones. El lugar no se había detenido durante nuestra ausencia; la cocina seguía activa, la gente iba y venía. Esa vitalidad constante era parte de su encanto: una finca que respira aunque uno no esté mirando. Poco después, cuando el sol empezaba a bajar, Lylian y Ricardo nos reunieron a todos frente a una estructura metálica que parecía una estufa improvisada. Aprovecharon que habíamos traído los residuos fibrosos del cacao y de otros cultivos para mostrarnos algo que, según ellos, transformaba la manera en que las comunidades rurales podían producir energía: la gasificación. El nombre sonaba complejo, y al principio eso fue justo lo que sentí: confusión. Veía el fuego y pensaba que no había tanta diferencia con una hoguera. Pero poco a poco, mientras Ricardo agregaba el material triturado (cáscaras, ramas, fibras) y tapaba el reactor con una tapa pesada para limitar el aire, la diferencia empezó a notarse. La gasificación, entendí después, no busca quemar, sino transformar. Es un proceso que convierte residuos sólidos, como madera o desechos agrícolas, en gas combustible mediante calor y un suministro muy reducido de oxígeno. Cuando la cantidad de aire es mínima, el material no se destruye de golpe: se descompone lentamente, liberando gases que pueden alimentar una llama limpia y duradera. Lylian explicó que dentro de ese pequeño horno ocurrían tres etapas invisibles. Primero, el material se secaba y se carbonizaba, dejando un residuo negro, el “char”. Luego, una porción de ese carbón se quemaba para generar el calor necesario. Finalmente, el calor y el poco oxígeno hacían que los gases se transformaran en una mezcla útil: monóxido de carbono e hidrógeno, conocida como gas de síntesis. En otras palabras, una mini fábrica de energía dentro de una estufa rural. Mientras ella hablaba, el humo empezó a disiparse. Ya no había esa nube densa que suele cubrir las cocinas tradicionales. En su lugar, una llama azulada, firme, emergía por los peque;os conductos de la tapa. Donelia Castillo, la mujer del cacao, que nos había acompañado desde su finca, colocó una olla encima y empezó a tostar semillas. El olor a cacao quemado se mezcló con el del metal caliente y con la brisa tibia de la tarde. Todos observábamos en silencio. No era solo una demostración técnica; era una revelación. Donelia y su esposo, los dueños de la finca del cacao, comentaban entre ellos que podrían probarlo en su cocina, la idea de aprovechar lo que antes era desecho empezaba a tener sentido. https://youtu.be/pYBDVJ9IM9E Pensé en la cantidad de residuos que produce el campo cada mes: montañas de hojas, tallos, cáscaras que terminan quemadas o abandonadas. Verlos convertidos en energía me pareció casi poético. El fuego que no quema, sino que transforma. Esa tarde comprendí que el progreso en la ruralidad no siempre se mide por la cantidad de máquinas o paneles solares, sino por la capacidad de mirar con otros ojos lo que ya se tiene. La gasificación no llegaba para imponer modernidad, sino para hacer visible el potencial escondido en los restos del trabajo agrícola. Mientras el sol se escondía detrás de las montañas, el grupo se dispersó por la finca. Algunos regresaron a los dormitorios, otros se quedaron conversando en el salón principal. Yo me quedé un momento más, mirando cómo el humo se extinguía y la llama seguía viva. Pensé en el simbolismo: una comunidad que aprende a generar su propia energía con lo que la tierra le da y con lo que antes desechaba. Ese día marcó la mitad del viaje y, de alguna manera, el comienzo de otra etapa. Lo que venía ya no sería solo observación, sino comprensión profunda: entender cómo la ciencia puede respirar dentro del campo sin sofocarlo.

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Lo que Alimenta la Tierra

A esas alturas del viaje, ya conocíamos casi todos los rincones de Tosoly. Habíamos visto los biodigestores, las maquinaria trilladora, los cultivos, la estufa donde los residuos se transforman en gas. Faltaba mirar de frente lo que sostiene en silencio la vida cotidiana del campo: los animales. El establo quedaba justo frente a nuestras habitaciones, al otro lado de un sendero de piedra. Desde el primer día los habíamos escuchado: los gruñidos de los cerdos, el cacareo de las gallinas, el chapoteo de los patos en un pequeño lago. Pero solo hacia el final del viaje dedicamos una tarde entera a entender qué papel jugaban dentro del equilibrio de la finca. Lylian fue quien nos guió. Nos explicó que Tosoly trabaja con dos tipos de crianza porcina: una en corrales tradicionales, y otra con cerdos de libre pastoreo, negros y vigorosos, que se mueven en una amplia parcela cercada. Allí corren, se revuelcan, se esconden del sol. No hay barro sucio ni hacinamiento, solo tierra suelta y espacio para moverse. Esa imagen, la de los animales viviendo con cierta libertad, fue un contraste inesperado. En muchas granjas, los cerdos no ven la luz del día; aquí parecían dueños de su entorno. Lylian nos dijo que este es apenas un primer paso hacia una ganadería completamente libre de confinamiento. “No es solo una cuestión productiva”, explicó, “también es ética”.   La frase resonó entre nosotros. En las ciudades, uno rara vez se pregunta por el origen de lo que come. Comemos carne sin pensar en la vida que la precedió. Pero en Tosoly, cada bocado tiene una historia visible: el animal nace, crece, es alimentado, y luego se convierte en alimento dentro del mismo territorio. No hay distancia entre producción y consumo; todo ocurre dentro del mismo ciclo, y esa transparencia interpela. El resto de los animales (gallinas, patos y peces) cumplen un rol más discreto, pero igual de importante. Las gallinas proporcionan huevos frescos y los patos ayudan a mantener limpio el lago, devorando insectos y malezas, además de también ser fuente de alimento como los peces. No hay abundancia industrial, solo lo necesario para sostener a quienes viven y trabajan allí. El verdadero valor del sistema aparece en lo que no se ve: lo que ocurre después de que los animales cumplen su propósito. En Tosoly nada se desperdicia. Los desechos orgánicos (estiércol, restos de comida, incluso papel higiénico) se trasladan a pacas digestoras, un sistema de compostaje anaeróbico que usa la fermentación para convertir residuos en abono. Las pacas funcionan como un estómago colectivo: se alimentan de lo que la finca descarta y lo devuelven como fertilizante natural, sin olores ni plagas, listo para nutrir los cultivos. Lo que no va a las pacas termina en los biodigestores, esas grandes bolsas enterradas que ya habíamos conocido días atrás. Allí los desechos se transforman en gas, cerrando un ciclo energético donde los animales, las plantas y las personas forman parte de un mismo circuito de intercambio.   Esa tarde entendí que la producción animal en Tosoly no busca imitar el modelo intensivo de las grandes ganaderías. Es un ejercicio de equilibrio: criar, consumir y devolver. No hay derroche ni exceso, solo la conciencia de que toda vida que alimenta también deja algo para alimentar la tierra. Mientras Lylian hablaba, observé a los cerdos de libre pastoreo corriendo de un lado a otro, felices en su pequeño territorio. Pensé en el dilema de comer carne sin saber de dónde viene, y en lo distinto que se siente verla convivir con su entorno. Me pareció que esa escena condensaba el sentido del viaje: descubrir que la sostenibilidad no es una fórmula técnica, sino una manera de mirar. El sol caía detrás de las montañas cuando terminamos el recorrido. Los sonidos de la finca, los animales, las voces y el viento se mezclaban como una despedida. Entendí que en Tosoly todo lo que nace vuelve a la tierra, que nada se pierde si se le da el tiempo justo para transformarse. Que la ciencia, la ética y la tradición no son caminos opuestos, sino senderos que se cruzan cada día en la vida rural.  Las historias que quedan (las voces del cacao, los procesos del gas, los relatos que no caben en estas páginas) seguirán vivas en otros formatos: en los videos, en los podcasts, en cada conversación que este proyecto encienda y que desde EnerGuía invitamos a que conozcan. Porque el viaje continúa, aunque el texto se acabe.

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