Lo que Alimenta la Tierra

A esas alturas del viaje, ya conocíamos casi todos los rincones de Tosoly. Habíamos visto los biodigestores, las maquinaria trilladora, los cultivos, la estufa donde los residuos se transforman en gas. Faltaba mirar de frente lo que sostiene en silencio la vida cotidiana del campo: los animales.

El establo quedaba justo frente a nuestras habitaciones, al otro lado de un sendero de piedra. Desde el primer día los habíamos escuchado: los gruñidos de los cerdos, el cacareo de las gallinas, el chapoteo de los patos en un pequeño lago. Pero solo hacia el final del viaje dedicamos una tarde entera a entender qué papel jugaban dentro del equilibrio de la finca.

Lylian fue quien nos guió. Nos explicó que Tosoly trabaja con dos tipos de crianza porcina: una en corrales tradicionales, y otra con cerdos de libre pastoreo, negros y vigorosos, que se mueven en una amplia parcela cercada. Allí corren, se revuelcan, se esconden del sol. No hay barro sucio ni hacinamiento, solo tierra suelta y espacio para moverse.

Esa imagen, la de los animales viviendo con cierta libertad, fue un contraste inesperado. En muchas granjas, los cerdos no ven la luz del día; aquí parecían dueños de su entorno. Lylian nos dijo que este es apenas un primer paso hacia una ganadería completamente libre de confinamiento. “No es solo una cuestión productiva”, explicó, “también es ética”.

 

La frase resonó entre nosotros. En las ciudades, uno rara vez se pregunta por el origen de lo que come. Comemos carne sin pensar en la vida que la precedió. Pero en Tosoly, cada bocado tiene una historia visible: el animal nace, crece, es alimentado, y luego se convierte en alimento dentro del mismo territorio. No hay distancia entre producción y consumo; todo ocurre dentro del mismo ciclo, y esa transparencia interpela.

El resto de los animales (gallinas, patos y peces) cumplen un rol más discreto, pero igual de importante. Las gallinas proporcionan huevos frescos y los patos ayudan a mantener limpio el lago, devorando insectos y malezas, además de también ser fuente de alimento como los peces. No hay abundancia industrial, solo lo necesario para sostener a quienes viven y trabajan allí.

El verdadero valor del sistema aparece en lo que no se ve: lo que ocurre después de que los animales cumplen su propósito. En Tosoly nada se desperdicia. Los desechos orgánicos (estiércol, restos de comida, incluso papel higiénico) se trasladan a pacas digestoras, un sistema de compostaje anaeróbico que usa la fermentación para convertir residuos en abono. Las pacas funcionan como un estómago colectivo: se alimentan de lo que la finca descarta y lo devuelven como fertilizante natural, sin olores ni plagas, listo para nutrir los cultivos.

Lo que no va a las pacas termina en los biodigestores, esas grandes bolsas enterradas que ya habíamos conocido días atrás. Allí los desechos se transforman en gas, cerrando un ciclo energético donde los animales, las plantas y las personas forman parte de un mismo circuito de intercambio.

 

Esa tarde entendí que la producción animal en Tosoly no busca imitar el modelo intensivo de las grandes ganaderías. Es un ejercicio de equilibrio: criar, consumir y devolver. No hay derroche ni exceso, solo la conciencia de que toda vida que alimenta también deja algo para alimentar la tierra.

Mientras Lylian hablaba, observé a los cerdos de libre pastoreo corriendo de un lado a otro, felices en su pequeño territorio. Pensé en el dilema de comer carne sin saber de dónde viene, y en lo distinto que se siente verla convivir con su entorno. Me pareció que esa escena condensaba el sentido del viaje: descubrir que la sostenibilidad no es una fórmula técnica, sino una manera de mirar.

El sol caía detrás de las montañas cuando terminamos el recorrido. Los sonidos de la finca, los animales, las voces y el viento se mezclaban como una despedida. Entendí que en Tosoly todo lo que nace vuelve a la tierra, que nada se pierde si se le da el tiempo justo para transformarse. Que la ciencia, la ética y la tradición no son caminos opuestos, sino senderos que se cruzan cada día en la vida rural. 

Las historias que quedan (las voces del cacao, los procesos del gas, los relatos que no caben en estas páginas) seguirán vivas en otros formatos: en los videos, en los podcasts, en cada conversación que este proyecto encienda y que desde EnerGuía invitamos a que conozcan. Porque el viaje continúa, aunque el texto se acabe.

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