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Eran las dos y media de la tarde cuando por fin llegamos a nuestro destino. El viaje había sido largo y el cansancio se nos notaba en la piel. Veníamos de, aproximadamente, nueve horas de atravesar aeropuertos y carreteras como quien avanza entre capas de sueño mal dormido. El asiento del bus, serpenteando durante cinco horas por las montañas de Santander, todavía parecía pegado a la espalda, los párpados pesaban y cada músculo pedía reposo. Y sin embargo, al cruzar la entrada de Tosoly, algo en el cuerpo se enderezó: la fatiga quedó suspendida, como si la tierra misma nos dijera que habíamos llegado a un lugar distinto.
El sol brillaba con una intensidad templada, sin calor sofocante, y la brisa fresca nos dio la bienvenida. Frente a nosotros apareció una mujer alta, de cabello corto, chaqueta de jean y mochila terciada. Sonrió y abrió los brazos como quien recibe a viejos conocidos. Era Lylian Rodríguez, fundadora de Tosoly y directora de la Fundación UTA. Nadie sospecharía, tras esa calidez sencilla, que guarda detrás de sí un recorrido académico del que nunca presume dejando un mensaje claro: en esta finca se habla primero con el corazón.
Los dormitorios eran compartidos, modestos, pero en ellos se respiraba el mismo aire de comunidad que sostenía todo el lugar. Afuera, la finca se desplegaba como un organismo vivo: siete hectáreas en las que la naturaleza y la mano humana no se enfrentan, sino que conviven. Entre el verde aparecían los biodigestores, que a simple vista parecen bolsas plásticas infladas, escondidas en la tierra como pulmones invisibles, recordándonos que allí está el gas que enciende la cocina de la misma finca.
El contraste era inevitable: nada de las geometrías perfectas de las granjas norteamericanas que también forman parte de este proyecto. Aquí no había líneas rectas ni simetrías; aquí reinaba un desorden perfecto, la armonía de lo natural cuando no se le obliga a ser otra cosa.
Nos sentamos a la mesa y el cansancio se disolvió en un almuerzo sencillo y fresco: mojarra roja frita del estanque de la finca, acompañado de ensalada recién cosechada. Cada bocado sabía a lugar, a pertenencia, a un ciclo completo en el que lo que se comparte no solo alimenta, sino que confirma una red de colaboración con otras fincas vecinas.
Después vino el primer encuentro. Lylian y Ricardo, su esposo con quien creó la fundación, tomaron la palabra, hablaron de la historia de la fundación, de la visión detrás de Tosoly, y luego nos pidieron a cada uno presentarnos. No bastaba con decir un nombre: había que contar cómo nos atravesaba el campo. La sala se llenó de silencios en varios de nosotros, de dudas, hasta que poco a poco se tejió una certeza compartida: todos teníamos raíces campesinas. Aunque se escondieran tres o cuatro generaciones atrás, la tierra nos hablaba desde algún rincón de la memoria.
La noche cayó fría sobre la vereda Moraril, municipio de Guapotá. Mientras me acomodaba en la litera y escuchaba el silencio punteado de ranas, entendí que lo que había empezado ese día no era solo una visita académica. Era el inicio de un reencuentro con lo esencial.
En adelante, lo que leerás no son simples descripciones de técnicas ni reportes de campo. Son fragmentos de un viaje que revela cómo una finca puede convertirse en escuela, cómo el cacao, los animales, el agua y la energía se entrelazan con la vida misma. Lo que viene es una invitación a mirar de nuevo lo que significa habitar la tierra. Pero, sobre todo, nos adentraremos en una forma de vida rural que nos invita a repensar qué significa la transición rural justa en las Américas.
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